"Cuélgate de quien te quiera. No te mueras más que por amor" Joaquín Sabina
Alguien me dijo una vez que la precipitación es la madre del error. Con los años no sólo he comprobado lo acertado de esta afirmación, sino que he tenido la posibilidad de comprobarlo en diferentes ámbitos de mi propia vida.
En ocasiones tenemos tantas ganas de creer, de ilusionarnos, de arriesgar, de confiar, que no miramos con detenimiento, no somos realistas, no comprobamos antes de hacerlo que lo que hay tras las ganas no es más que un teatro de bambalinas lleno de máscaras. Nos lanzamos de cabeza sin comprobar si lo que hay en la piscina es un reflejo, y acabamos con la boca contra el suelo y las encías sangrando de nuevo. Lamentándonos y preguntándonos cuando se vació.
Nunca estuvo llena. Esa es la cuestión. Sólo que nos cegamos por un deseo absurdo, irreal, equivocado. Confundimos a menudo las ganas de sentir con sentimientos de verdad. Tergiversamos la realidad de lo que hay y lo trasformamos en algo inexistente. El poder del soñador, la necesidad de creer. Y al final no nos desencantamos de lo que había, sino de nosotros mismos, por no haber abierto más los ojos, por dejarnos convencer por visiones y espejismos que proyectaron nuestras ganas, pero que en realidad, nunca fueron reales.
Pero la vida, siempre sabia, nos hace aprender de cada experiencia y nos enseña, no sólo un poco más de la realidad, sino un poco más de nosotros mismos. Y cada paso es un paso más que nos acerca a saber quienes somos, y quienes no queremos ser.
Y seguimos creciendo...
jueves, octubre 22, 2009
Suscribirse a:
Entradas (Atom)

