Naces con la premisa de la autosuficiencia instaurada entre el primer pensamiento de conciencia y el segundo. Creces con el valor de tus manos, arañando obstáculos y lapidando lágrimas que te impidan alcanzar tus metas. Te desgañitas contra la nada. Luchas por tu lugar en el mundo. Respiras aún cuando te ahogas en cada brizna de aliento. Sales al mundo creyendo que podrás con todo.
Y te despiertas una mañana, y la impotencia se ha cebado con tu sentido vertical. Lo intentas, pero la vida es a veces un misterio sin claves ni pistas. Tu cuerpo no responde, tu mente se bloquea, tus manos tiemblan.
Querer y no poder. Necesitar y no poder. Sentir y no poder. Pensar y pensar y pensar... y no poder.
Cuando el cuerpo no acompaña nuestros pasos, de nada sirve querer obsesionarnos con luchar contra viento y marea, de nada sirve pelear contra la evidencia, llorar contra nuestra inhabilidad. Cuando el cuerpo no acompaña, sólo podemos practicar la paciencia, coger aire, mantener la perspectiva, y no dejar que la frustración levante muros infranqueables entre nuestro presente y nuestro futuro inmediato. Porque aunque borroso de nuevo, está a la vuelta de la esquina.
miércoles, noviembre 18, 2009
Suscribirse a:
Entradas (Atom)

