Ama(n)da
"¿Te has preguntado alguna vez qué sentido tiene levantarse de la cama? En mi caso es una cuestión casi inherente al acto reflejo de abrir los ojos cada mañana, como si cosido a mi voluntad tuviera un interruptor de conciencia imposible de desactivar. Y lo peor es que en todos y cada uno de esos momentos de desasosiego vespertino, busco en mi agenda las razones adecuadas con las que hacerme callar. Pero cada vez me suenan más absurdas y vacías. Me asombra la capacidad con que consigo convencerme de lo que ni yo mismo soy capaz de creer.
Me cuesta dejar de sentir que el eco de tu voz sigue adherido a las paredes, como el olor de tu cuerpo o el tacto tus tacones. Pero no estás. Hace meses que te bebiste de un trago el vaso que llevaba rebosándonos por todos los rincones. Te fuiste en un arranque de madrugada, sin premeditación, sólo con la determinación de quien ha puesto todas las cartas sobre la mesa y está saturada de los cambios de reglas en el último minuto. Yo sonreí cuando me dijiste que te marchabas. Supongo que nunca pensé que tuvieras valor para dar ese paso. A veces se me olvida que hasta los miedos tienen una gota con que colmarse. Supongo que yo nunca tuve tu fuerza. En el fondo atisbo un cierto resquemor de orgullo personal hacia ti. Me dejaste con la palabra en la boca y la incredulidad tiñéndolo todo tras un portazo. No te lo reprocho. Nunca debiste confiar. Yo nunca debí suponer que esta vez sería distinto. Otro nombre, otro rostro, otra huella en mi almohada, otra muesca en mi piel.
Fuiste lo más parecido a una posibilidad de ser feliz, y yo la boicoteé hasta hacerla sangrar. Tu paciencia era todo un reto contra el que seguir apostando. Estirar tu corazón cada vez con más fuerza para comprobar hasta donde podía contorsionarse sin romperse. He de confesar que me sorprendió tu resistencia tras esa fragilidad de torre de naipes. Siempre pensé que te irías tras las primeras lágrimas. Pero aguantaste con valentía cada envite. Quizá por eso me confié y quise creer que podría.
A ninguna me costó tanto dejar marchar como ti. Pero tenía que hacerlo. No podía permitirme más errores. No podía conservarte contra tu voluntad. No podía obligarte a seguir pretendiendo construir sobre arenas movedizas, pero no puedes reprocharme que lo intentase.
Entenderás también que no podía dejar que te creyeras libre cuando habías sido mía. Debiste creerme cuando te dije que lo nuestro sería para siempre. Nunca te engañé, siempre juntos. Para toda la eternidad.
Amanda, mi dulce Amanda. Comprende que no podía hacer excepciones.
Descansa en paz."
Me cuesta dejar de sentir que el eco de tu voz sigue adherido a las paredes, como el olor de tu cuerpo o el tacto tus tacones. Pero no estás. Hace meses que te bebiste de un trago el vaso que llevaba rebosándonos por todos los rincones. Te fuiste en un arranque de madrugada, sin premeditación, sólo con la determinación de quien ha puesto todas las cartas sobre la mesa y está saturada de los cambios de reglas en el último minuto. Yo sonreí cuando me dijiste que te marchabas. Supongo que nunca pensé que tuvieras valor para dar ese paso. A veces se me olvida que hasta los miedos tienen una gota con que colmarse. Supongo que yo nunca tuve tu fuerza. En el fondo atisbo un cierto resquemor de orgullo personal hacia ti. Me dejaste con la palabra en la boca y la incredulidad tiñéndolo todo tras un portazo. No te lo reprocho. Nunca debiste confiar. Yo nunca debí suponer que esta vez sería distinto. Otro nombre, otro rostro, otra huella en mi almohada, otra muesca en mi piel.
Fuiste lo más parecido a una posibilidad de ser feliz, y yo la boicoteé hasta hacerla sangrar. Tu paciencia era todo un reto contra el que seguir apostando. Estirar tu corazón cada vez con más fuerza para comprobar hasta donde podía contorsionarse sin romperse. He de confesar que me sorprendió tu resistencia tras esa fragilidad de torre de naipes. Siempre pensé que te irías tras las primeras lágrimas. Pero aguantaste con valentía cada envite. Quizá por eso me confié y quise creer que podría.
A ninguna me costó tanto dejar marchar como ti. Pero tenía que hacerlo. No podía permitirme más errores. No podía conservarte contra tu voluntad. No podía obligarte a seguir pretendiendo construir sobre arenas movedizas, pero no puedes reprocharme que lo intentase.
Entenderás también que no podía dejar que te creyeras libre cuando habías sido mía. Debiste creerme cuando te dije que lo nuestro sería para siempre. Nunca te engañé, siempre juntos. Para toda la eternidad.
Amanda, mi dulce Amanda. Comprende que no podía hacer excepciones.
Descansa en paz."


