jueves, febrero 14, 2008

Punto muerto

Un bar.

Un bar cualquiera. Uno de esos cuyo nombre la mayoría ignora al pasar por su puerta y que puebla una calle al azar. Al fondo una mesa entre tantas. Dos sillas. En una de ellas reposa un abrigo haciendo de acompañante inexistente. Frente a él alguien sostiene un cigarrillo en una mano. Una copa en la otra. Sus ojos miran al vacío. Mucho más allá del ruido de la máquina tragaperras. Mucho más allá de las conversaciones de alrededor. Mucho más allá del suelo, de las paredes, del día o la hora que es.

Llora.
Sin ruido.
Sin movimiento.
Llora lenta y pausadamente.
Como si sus lágrimas fueran un añadido al paisaje.
Y éstas se precipitan desgastando sus ojos de forma casi acompasada, rítmica...

Pasan los minutos.

Se convierten en horas.

Continúa sin moverse. Con otra copa. Otro cigarro. Otro más. Otro...

Y más lágrimas empañando el paso del tiempo. El pasado, el presente y el futuro.
Empeñándolo todo, inundándolo hasta la asfixia.

Sola. Completamente sola.

Mirando un infinito donde continúa sin haber nada…


Me pregunto si la desolación tiene ese nombre.